dimarts, 30 d’octubre de 2012

JOSEF ŠKVORECKÝ - «LAS TRAICIONES DE TODOS LOS SANTOS»




«Magnífica. Una obra maestra en todos los aspectos». Son palabras de Milan Kundera sobre esta novela, colocadas por Ediciones Duomo en un lugar destacado de la contraportada del libro. El juicio crea unas expectativas muy elevadas que tal vez no queden satisfechas hasta que el dibujo del mosaico que va componiendo Škvorecký (1924-2012) no va mostrando su silueta, cosa que probablemente suceda mediado el libro. Pero, acabada la novela, no seré yo quien le niegue grandeza ni profundidad.

Muchas veces se ha hablado de la identidad de fondo —al margen de las diferencias específicas, sobre las que Las traiciones de todos los santos aporta numerosos detalles completamente desconocidos para mí— entre el nazismo y el comunismo. Me preocupa –y mucho– que ese sustrato totalitario común esté muy lejos de ser aceptado por cierta izquierda, tan pronta a llamar “fascista” a los que no hacen piña con una serie de ideas preconcebidas (maldad intrínseca del capitalismo o bondad intrínseca de lo público, sin ir más lejos) como a apartar sistemáticamente la mirada de realidades como las de Cuba o Corea del Norte (aún recuerdo con bochorno a Gaspar Llamazares intentando rizar el rizo al respecto en un programa de “Tengo una pregunta para usted”), por no hablar de regímenes populistas como los de Venezuela o Argentina. En fin, da igual los innumerables testimonios que nos lleguen de personas que han padecido –y, ¡ay!, siguen padeciendo– en carne propia las barbaridades del “socialismo real” (o, como dice Skovrecky, del “socialismo hecho realidad”). Aunque sólo sea para no dar la razón a la derecha (mala estrategia ésta, a mi modo de ver, y, por cierto, exactamente la misma que la de esa derecha que niega el pan y la sal a cuanto proceda de la izquierda o a cualquier prueba presentada en contra del dogma neoliberal: todos ellos dispensan “la clase de odio reservada a los ideólogos” [pág. 2010]). Recomendar a los negacionistas la lectura de esta novela sería absurdo. Da igual cuántas pruebas se presenten al creyente sobre la inexistencia o la falibilidad de su dios; ni siquiera que uno de los hilos de la propia novela sea la defección de quienes con la mejor fe creyeron en el sistema bastaría para hacer mirar por el telescopio a quien por principio se niega a hacerlo. Sin embargo, pocas obras he leído en las que esa identidad totalitaria quede más clara. «Así que se lo quitaron de en medio, no enviándolo a Auschwitz, Majdanek ni Treblinka, sino a Bytiz, Svornost, Jachymov, nuevos destinos finales para una nueva situación histórica» (pág. 169). Habla un exilado, como el propio Skovrecky, como el propio Kundera. Tal vez los tres compartieran lo que dice uno de los personajes: «para los comunistas existe algo así como una culpa colectiva» (pág. 220).



Como ya he dicho, en mi opinión la obra va in crescendo. El caso es que la técnica es la misma de principio a fin: saltos adelante y atrás, centrados en alguno de los protagonistas y en episodios vitales sobre los que la multiplicidad de perspectivas va arrojando progresiva luz. Škvorecký es un narrador sobrio. El estilo —a juzgar por la traducción española de la traducción inglesa del original checo firmada por Rita da Costa, en un castellano muy pulcro— no está especialmente trabajado. Pocas metáforas, pocas imágenes, poca densidad lingüística. El drama humano, político, histórico que se nos narra es escalofriante, pero el autor no carga nunca las tintas. Y ésta es, precisamente, una de las virtudes de la novela. Captamos por pequeños detalles que el narrador es católico (así, en las reflexiones sobre lo que significa ser sacerdote al hilo de las historias del padre Meloun y de su sucesor hay una profundidad en la mirada que indica que el asunto no es sólo objeto de un interés abstracto) o que entre él y Nina (casada, precisamente, con un pastor de trágico destino) sigue existiendo cierta tensión erótica, pero sólo al final quedan esas impresiones confirmadas (la oración en latín antes de dormir, el beso a Nina en la puerta del cuarto), sin ser nunca objeto de aclaración explícita. Sin embargo, para mí, la mayor fuerza de la obra reside en el montaje, en la construcción de la historia. La técnica del leimotiv, aunque no enteramente descartada, parece sustituida, amortiguada por otra cosa: no deja de estar presente, pero son los estratos de historias, por así decirlo, que aparecen y desaparecen, que se despliegan desde una perspectiva o desde otra, que se van configurando de forma paulatina, lo que va dando a la novela su fuerza y cargándola de densidad narrativa y de sentido.

En suma, una novela muy apreciable, para mi gusto, que deja ganas de leer más cosas (hay traducciones castellanas de Los cobardes o El ingeniero de almas, entre otras; en catalán, sólo he localizado El saxo baix, traducida por la prestigiosa Monika Zgustova) de este escritor checo cuya fama internacional contrasta con su escasa resonancia en nuestro país.

9 comentaris:

Josep J. Conill ha dit...

Efectivament, potser parlar d’obra mestra sigui una mica hiperbòlic, però del que no hi ha dubte és que estem davant d’una excel•lent novel•la, en tots els sentits de la paraula. Posats a ser teclós, jo li retrauria un detall del tot secundari com ara l’acumulació de notes al final del llibre, que molt bé podria haver-se solucionat pel procediment de col•locar-ne algunes a peu de pàgina ―les que aporten aclariments de tipus històric― i eliminar la resta, atès que la informació que contenen, referida generalment als avatars experimentats pels personatges en altres obres de l’autor, a part de propagandística, resulta insubstancial o, el que és pitjor, enutjosa. A la remarca anterior es podria afegir que l’allau de noms eslaus, introduïts com si el lector els conegués de tota la vida, pot generar en algun moment una certa desorientació, sobretot si la lectura de l’obra s’ha esplaiat al llarg d’alguns dies. Però deixant de banda aquestes minúcies, subscric el teu judici: aquesta mena d’educació sentimental d’uns europeus atrapats ―anava a dir «triturats»― pels dos grans totalitarismes que va engendrar el segle XX destil•la una emocionada contenció que com a lector trobo més propera que altres testimonis en aparença més brutals o patètics. La descripció de la vida quotidiana dels personatges en el marc d’una societat tan brutal i enrarida, d’altra banda, concorda perfectament amb el que ja sabíem pels assaigs de Czesław Miłosz (La ment captiva) o de Václav Havel (El poder de los sin poder), entre d’altres. En aquesta mateixa direcció apuntava Imre Kertész en assenyalar que la seua adaptació a la vida fora del Lager va ser tan ràpida i completa perquè, en realitat, la societat hongaresa que s’hi va trobar era una continuació del camp de concentració per altres mitjans. En canvi, no estic gens segur que ningú hagi estat capaç de relatar la vida sota el franquisme amb la mateixa intel•ligència i la mateixa intensitat amb què gent com Kundera o Skvorecky han contat la seva experiència en carn viva del totalitarisme. Aquesta mancança, al meu entendre, constitueix l’indici de carències molt greus de la nostra societat. Recordo que alguna cosa en vaig dir en un dels aforismes de Submarins de butxaca, i com més hi penso més en confirmo en aquesta opinió. Diu l’autor «que el passat és la font de tot en l’ésser humà i que després tot s’oblida per a sempre» (p. 221-222). No hi puc estar més d’acord. En un pròxim futur m’agradaria escriure un llibre a partir de les memòries que va deixar manuscrites mon pare, en combinació amb el relat fet per mi mateix d’altres històries que ell mateix contava, és a dir, una mena de memòries a duo. Només puc afegir que la novel•la de Skvorecky m’hi ha suposat una veritable font d’inspiració.

Josep J. Conill ha dit...
L'autor ha eliminat aquest comentari.
Francisco López Martín ha dit...

Es verdad que tanto la acumulación de notas como de nombres checos (¡y cuántos masculinos acaban en "a", además!)hace difícil "entrar" en la novela. No obstante, sirven para que el lector se haga cargo de que no está ante una novela autónoma, sino que forma parte de un conjunto narrativo que se extiende, por lo visto, a cincuenta años atrás.

La cita sobre el pasado que has extraído del libro me parece crucial. El paso del tiempo y las huellas que deja es un tema fundamental de la novela. ¡Qué redondo ese final en que el joven cura le dice al narrador que no sabe latín y el narrador reza precisamente en esa lengua al irse a la cama!... Entre 1943 y 1993 median quizá no uno, sino varios mundos. Y esa pasión testimonial que anima a muchos de los personajes anima también al propio narrador. Como digo, la novela me ha dejado ganas de seguir con este autor.

Josep J. Conill ha dit...

Fa dies que volia reprendre el teu darrer comentari sobre l’escena final de la novel•la, on el protagonista, després de parlar amb el capellà que ja no sap oficiar la missa en llatí, en anar-se’n al llit, es posa a resar en llatí. Al meu entendre, aquesta manera de mostrar-nos les coses és molt característica de Skvorecky, el qual, com qui no vol la cosa, va farcint el relat de petits esdeveniments com aquest, aparentment anecdòtics però susceptibles de transmetre al lector, no ja l’abisme, sinó els abismes, que, com tu molt bé assenyales, s’obrin entre el 1943 i el 1993, dates del començament i el desenllaç (obert) de la trama. La interrupció de la tradició lingüística constitueix una il•lustració impagable de les discontinuïtats socials, que són alhora discontinuïtats entre generacions, però també dins de les vides dels integrants d’una mateixa generació. Ho podem apreciar perfectament a través de les reunions dels antics companys de graduació: sempre acaben formant-s’hi dos costats de la taula, però els que s’hi asseuen en cada ocasió no són sempre els mateixos. Tot plegat dóna peu a un complicat joc entre la memòria (selectiva) i l’oblit (voluntari), sense els quals el contacte entre els protagonistes esdevindria senzillament impossible o acabaria com camot. En definitiva, per damunt del relat de la circumstància traumàtica d’unes generacions que es veieren sotmeses de forma consecutiva als principals totalitarismes del segle XX, em sembla que la novel•la s’eleva en molts moments a un pla més abstracte i constitueix també una punyent reflexió sobre la condició humana i la seva fragilitat, derivada, entre d’altres raons, del fet que som capaços de transmetre’ns el saber acumulat, però no l’experiència ―i la memòria personal hi apareix indissociablement lligada.
En un altre ordre de coses, la novel•la podria generar també sucosos comentaris ―que ara mateix no estic en condicions de dur a terme― a l’entorn del que representen les trobades d’antics companys de graduació. En una entrada del Patio Virtual del 7 d’abril del 2011 em vaig ocupar de la narració «No sólo en Navidad» de Heinrich Böll, i em sembla que aquest ritual de les trobades d’antics companys mereixeria alguna mena d’anàlisi de tipus psicosociològica molt similar, en la mesura en què les tensions que de joves apareixien dissimulades per la immaduresa i el gregarisme amb els anys acaben revelant-se com unes enormes escletxes per on molt sovint tan sols supura la frustració i la ràbia.

Francisco López Martín ha dit...

Estoy completamente de acuerdo contigo en lo que dices de la novela. Sobre las reuniones con ex compañeros, la verdad es que sólo en una ocasión se planteó la posibilidad de hacer una reunión de antiguos alumnos de colegio, y la decliné, explicando, por cierto, a la persona que había contactado conmigo que, en la anterior ocasión en que lo había hecho, había acabado repitiendo conmigo algo que me hacía ya desde niño: romper a gritarme en determinado momento porque no pensaba como él (es decir, por pensar, a secas). Vaya, que uno es masoquista para según qué cosas (leer a Hegel o a Lacan, por ejemplo, o plantearse releer "Ulises"), pero, para otras, no (afortunadamente, creo).

Josep J. Conill ha dit...

Veig que coincidim del tot. Jo també he evitat sempre sistemàticament aquesta mena d'ocasions, perquè he penso que no són més que un dejà vu i que la major part d'aquells a qui la vida havia separat estaven millor separats. Sempre n'hi ha excepcions, és clar, però són això, excepcions.

Guillem Calaforra ha dit...

Faig amb retard la meua aportació a aquests comentaris, i el mateix passarà amb el pròxim llibre, però millor així.
La meua perspectiva potser no serà tan entusiasta com els comentaris que he llegit, però no hi fa res. Començant pel malestar que em va causar, en començar el llibre, el fet de descobrir que es tracta d'una retraducció. Cosa que ens inhabilita per a fer gairebé qualsevol comentari formal sobre l'escriptura del text. No hi ha traductors del txec al castellà? O no hi ha ganes de fer les coses ben fetes? Efectes de la retraducció: tots els caràcters txecs s'han esfumat, perquè els anglòfons no miren pèl en aquest sentit. A qualsevol lector li semblarà molt bé, però a mi em fot, i molt.
Pel que fa al títol, el que s'ha empescat l'editorial no podia ser més desencertat. El tema de la traïció, i de fins a quin punt forma part de la condició humana i de la supervivència, és per a mi el punt central de la novel·la (Obyčejné životy significa "vides de gent normal i corrent"), però l'editor no té cap dret a imposar aquesta lectura des de la portada. I menys encara associant-ho a uns "santos" que es trau de la mànega, o dels calçotets.
L'aspecte de l'afinitat entre el nacionalsocialisme i el comunisme estalinista i postestalinista, a mi, francament, no m'ha dit res de nou. És una lliçó que tinc ben apresa des que vaig llegir Horkheimer i Adorno, més els tres autors que cita Josep. Se'm va quedar definitivament gravada per a la resta de la meua vida des del dia de 1997 en què vaig visitar Buchenwald i vaig veure que els russos havien "reciclat" el camp, és a dir, l'havien reutilitzat. En l'obra de Kundera, la realitat d'aquell món apareix descrita amb molts més pèls i senyals que els que dóna Škvorecký (i amb raó: sembla que Kundera va col·laborar amb el règim com a delator quan era més jovenet, de manera que sap de què parla). Per a mi, el mèrit d'Obyčejné životy no és el desemmascarament de les complicitats entre els dos règims imposats a Txecoslovàquia, un aspecte que ja és ben sabut (tant com les complicitats entre la intel·ligència militar nazi i els Estats Units de la Guerra Freda: d'això no se salva ningú). El que m'ha agradat és el fet que exposa, fins i tot amb tendresa, la debilitat humana quan es tracta de fer la viu-viu, una feblesa intrínseca que ens porta a contradiccions i traïcions ben diverses quan les circumstàncies ens converteixen en miserables. Des d'aquest punt de vista, els personatges de la novel·la són gairebé tots (tret del policia secret que no acudeix a la segona trobada) antiheroics, febles i, per tant ben humans. I l'autor s'inclou entre ells a través del seu alter ego, Danny. Aquesta lliçó d'humilitat antimaximalista em sembla realment excel·lent.
No m'ha agradat tant el joc de flashbacks, en molts moments notòriament forçat, i que deixa entreveure un mecanisme que no rutlla bé: com si hagués escrit dos fils de la història (el dels fets passats i el dels fets narrats en temps actual), els hagués tallat a trossos i els hagués alternat de manera arbitrària.
Hi ha tal quantitat de personatges, i tal quantitat d'històries diferents, que l'autor troba adient posar una mena de glossari al final amb els noms i una mica de resum de la història de cadascú. Potser hauria estat millor posar-ho al principi, tal com es fa amb les obres de teatre. Quan ha arribat al final, el lector té tal embolic d'històries i personatges que aquest "glossari" sembla una invitació a començar la relectura des del principi.
No m'han agradat les contínues remissions a altres llibres del mateix autor, que al lector d'aquest llibre no li diuen res, i al coneixedor dels altres li semblarà com que plou sobre mullat. I, certament, això de les notes al final és de les coses més irritants per a un lector.
En resum, ha estat una lectura interessant i de la qual he tret profit, tot i que tampoc no m'ha entusiasmat tant com per a dir que és una obra mestra.

Francisco López Martín ha dit...

Tienes toda la razón sobre el asunto de la traducción. Lo que pasa es que yo no sabía -cuando escribí el comentario: cuando recomendé el libro, lo ignoraba por completo- si la única versión existente era la inglesa o si el autor había publicado también la obra en checo. Una ingenuidad por mi parte: si citas el título en checo, es porque la obra se ha publicado en checo, cosa por lo demás lógica, si realmente el autor es tan famoso en su país. Sólo, que si la primera traducción ("Ordinary lives": eso cuadra con la información que nos das sobre el original), del checo al inglés, era buena y ésta, del inglés al castellano, lo ha sido, tal vez no se haya perdido tanto como uno puede imaginar, aunque, evidentemente, estando disponible el original checo, es inaceptable emplear la versión inglesa, y realmente tienen que ser dos traducciones muy buenas para que el resultado final aguantara en general un cotejo con el original. "Cosas" de las editoriales. Pero, mira, por eso mismo, más ganas tengo aún de leer al autor traducido por la Zgustova, por ejemplo (quien, que yo recuerdo, no decía nada del asunto de la traducción en su reseña para "El País"....

Guillem Calaforra ha dit...

Zgustová és un misteri. No sabrem mai què surt de la seua mà i què surt del seu taller. Fa un quart de segle era una traductora més o menys apreciada, però des que guanyà fama (primer per Kundera, després per Hašek, Hrabal, Akhmàtova...) viu més el seu personatge mediàtic que el professional. Per què no va dir res de la traducció? Perquè segurament parlava de memòria sobre l'original, sense ni tan sols haver fullejat el llibre que li havien donat a recensionar...